Jamás la tijera ganó a la piedra

Un poco más acá; más allá. Algo más cerca de mí, de la realidad. Ser más inteligible a los ojos de los cuerdos.

Hay cosas tan reales como que mirar y ver no es lo mismo, como que la tijera nunca ganó a la piedra, que la utopía existe, que los recuerdos son vagos de por sí, que la rosa tiene espinas intrínsecas y que las hojas caen sin que nadie las toque.

Jamás, nunca; siempre, eterno. Tan cierto como que los grises son esenciales y más reales que nunca, no niego que quemen la retina de mis ojos, pues quema el esquema que mi mente de manera casi inconsciente seguía dibujando, pero sin el lienzo presente.

Al aire y sobre la mesa; la ventisca del invierno arrasó con el aire y el carpintero llevó a su taller la mesa que con mis lágrimas marqué, de noche en noche, y de clamo en clamo.

Clavo mis inquietudes en el vigésimo primer libro de la lectura que libera, para así no recordar en memoria el año mil trescientos veintiséis.

Cabe recalcar que, la tijera nunca ganó a la piedra, pero mi ser verá tal hazaña, mi rostro contemplará la oculta caja abrirse de manera explícita y las raíces brotarán sobre mis pies, me alzarán y mi garganta experimentará el temblor de esa luz emergiendo desde mi estómago.

Son abrojos que mis manos necesitaban soltar sobre el blanco océano de los pensamientos vacíos. Yo ya lo sé, pero los peces de este océano no son menos.

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3 comentarios en “Jamás la tijera ganó a la piedra

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