Palabras sin voz

Carentes lágrimas en el hueco de los ojos ajenos, vestidos de ruiseñores elegantes con las palmas vacías; vista gorda al dolor del ego.

No más lagrimales secos, ríos y manantiales puros de sinceridad y sufrimiento, de lluvia y amedrentamiento, de calumnias y oquedad.

No es, sino, el suceso de lo aparentemente tierno; plañe el verbo vacío de la mentira mientras la verdad oscila entre las tinieblas del armario hediondo, descúbrelo.

Que cuando se derrama en sollozos la palabra deja de tener sentido y los ojos hablan por la boca y las miradas por sí solas; de nuevo, y por tanto, el tren ya pasado de estación deja en el olvido al ego del señor; o del esclavo.

Y es, en ese instante, en el que el lagrimal desemboca en regodeo y las arrugas faciales crean grietas, pues es insuficiente para los pasajeros, pero es pasajero.

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